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El gato negro de la señora Woson, 3a parte

Segunda parte

Un acto así de inesperado y anormal, por supuesto, captó la atención de las visitas. Sorprendidos, todos voltearon al unísono la mirada hacia la señora Woson. Pero no fue más que un instante y se volvieron a concentrar en las historias de cada uno. Para ese entonces, ella ya estaba totalmente pálida. Era incapaz de seguir aguantando la falsedad y descortesía de las visitas. Un arrebato apasionado comenzó a quemarla entera como fuego. No era capaz de refrenar el impulso de agarrar del cuello a esa gente indeseable y empujarla a la fuerza frente a la nariz del gato en el suelo.

Pateó una silla, e hirviendo en un odio instintivo, agarró de golpe el cuello de una de las invitadas. El delgado cuello de la mujer temblaba como un ganso a punto de morir en la acalorada mano derecha de la señora Woson. Tumbándola y arrastrándola, la restregó en el piso hasta pelarle la nariz.

—¡Mira! —gritó la señora Woson.

—Aquí hay un gato. —luego gritó varias veces:

—¿Aún así no lo ves?

Se oyó un grito terrible. La otra mujer dio un alarido letal, se apegó con miedo a la pared y resbaló al piso en el que había estado parada inmóvil. La mujer estaba casi completamente desmayada. Solo uno de los invitados, el anciano filósofo, miraba sin intervenir y con estupor el imprevisto incidente. Inyectados de sangre, los ojos de la señora Woson observaban fijamente al gato en el suelo. Grande y lúgubre, sentado inmóvil, permanecía tranquilo como una música. Probablemente nunca podría borrar esa imagen grabada en su mente que la perseguiría sin dejarla en paz. —¡Ahora! —, gritó. —¡Tengo que dispararle!

Abrió el cajón del escritorio y sacó una pequeña pistola de mujer, con incrustaciones de lapa en un diseño de marfil. La había comprado poco antes para matar al siniestro gato, y precisamente había llegado el momento de cumplir su función.

Puso la mano en el gatillo y apuntó al animal. Si disparaba, la causa de su pesar durante este tiempo se esfumaría de la faz de la tierra. Sintiéndolo con el corazón, le sobrevino una sensación de bienestar. Así que fijó la mira y jaló con fuerza el gatillo.

El humo inundó la habitación junto con el estruendo del disparo. Sin embargo, una vez que se hubo disipado, el mismo gato, en la misma posición del principio, aparecía sentado como si no hubiera nada anormal. Con sus pupilas negras como mejillones, miraba fijamente igual que siempre a la señora Woson quien levantó el arma nuevamente. Y disparó más cerca que antes, justo sobre la cabeza del felino. Sin embargo, una vez disipado el humo, aún permanecía ahí como si nada. Esa insoportable y persistente impresión enloqueció a la señora Woson. Tenía que matar a ese obstinado gato negro, hacerlo desaparecer sea como fuere.

—¡O muere él o muero yo! —pensó desesperada, mientras le sobrevenía un arrebato de odio. Disparó el arma descontroladamente: ¡tres!, ¡cuatro!, ¡cinco!, ¡seis! Hasta que al terminar con la última bala, notó que de su propia sien fluía como un hilo algo rojo y viscoso. Al mismo tiempo, se le nubló la vista y sintió como si de golpe la pared se le cayera encima. Dio un grito desgarrador y se desplomó bruscamente, como un pilar en llamas, en aquel cuarto lleno de humo y con olor a pólvora. La sangre le corría por los labios y el cabello desordenado con locura cubría su pálida cara. (Fin)

Nota: El tema de esa historia es un episodio real citado en un texto de psicología del profesor James.

Y eso sería. Típico final japonés, parecido al de las peliculas chilenas de los ochenta: o malo, o intelectualmente abierto e interesante. Dependerá del gusto.

Un gato bombay (raza) dato curioso: se llama s...

Un gato bombay (raza) dato curioso: se llama sandy y es mujer (Photo credit: Wikipedia)

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El gato negro de la señora Woson

Primera parte

Black cat

Black cat (Photo credit: @Doug88888)

La señora se dio por vencida. Aun así, al día siguiente repitió el experimento con mayor cuidado y meticulosidad. No obstante, el resultado fue el mismo y tanto al día siguiente como al subsiguiente, el mismo lúgubre gato apareció sentado en idéntico lugar. El misterioso animal se iba siempre de un salto, como una sombra, al mismo tiempo que ella abría la ventana.

Finalmente, la señora Woson concibió un plan. Para descubrir por dónde entraba el gato, se le ocurrió esconderse a la sombra de la puerta y observar por la cerradura durante todo el día. Al día siguiente, faltó al trabajo. Como siempre, cerró bien las ventanas, y acercó una silla a la entrada. Luego, cerró la puerta y arrimó la silla hacia la cerradura para atisbar por ella hacia el interior sin perder ni un segundo. Pasó largo rato, desde la mañana a la tarde. Fue un lapso muy difícil y casi insoportable para su tensionada capacidad de atención, pero, a juzgar por la relajación de su capacidad de atención, se distrajo pensando otras cosas. De vez en cuando, sacaba el reloj del bolsillo de su chaqueta para comprobar el avance de las manecillas. Durante todo ese largo rato, no pasó nada en el interior de la habitación. La señora Woson sacó nuevamente el reloj. Como en ese instante faltaban cinco minutos para las cuatro, se sobresaltó como quien se despierta de dormitar. Al mirar de nuevo por la cerradura, claro, el típico gato negro ya estaba en su lugar. Además, inmóvil y tranquilo, con la misma postura de siempre.

Más que un hecho sobrenatural, se trataba de algo sin solución. Lo único claro era que poco antes de las cuatro de la tarde, desde algún lugar y por alguna razón desconocida, aparecía dentro de la casa un gran gato negro. La señora Woson ya comenzaba a dudar de sus propias facultades. Había agotado todos los medios posibles y todos los experimentos sospechables. Pensó si acaso tendría algo en los nervios o si se estaría volviendo loca. Se paró frente al espejo para comprobar si tenía las pupilas dilatadas.

Día tras día, este detestable misterio atormentaba a la señora Woson. Terminó por volverse totalmente histérica y llegó a tener visiones del gato a pleno día en la mesa de la oficina. En ocasiones, hasta le parecía que la gente con la que se cruzaba, se había transformado en gato. En tales momentos, la envolvía un odio demente que no podía controlar. Le daban ganas de tomar por la cola al estiloso felino fantasma y golpearlo contra la calle.

Pero finalmente recuperaba la cordura. Así que se le ocurrió invitar a unos amigos para comprobar el misterioso incidente con la verificación por parte de terceros. Para ello citó a tres amistades poco antes de la hora en que aparecía el animal. Dos eran compañeras de trabajo, y el otro, un filósofo de edad más bien avanzada, amigo de su difunto esposo, cercano a la familia y a ella misma.

Los invitados y la dueña de casa formaron un círculo dentro de la habitación con los sillones de cuatro patas, dispuestos a propósito por la señora Woson para que el gato quedara a la vista de todas las visitas. Al principio, todos se mantuvieron tranquilos y en silencio por unos momentos. Sin embargo, después de un rato la conversación se tornó muy animada y comenzaron a charlar alegremente. El tema pasó de una cháchara inconexa, al espiritismo. El anciano filósofo, que sentía un profundo interés en el tema, entretuvo a las mujeres contándoles la historia de un fantasma alegre y estúpido del que se había informado hace poco en una convención espiritista. Pero solo la señora Woson preguntó seriamente:

—¿Tendrán espíritu también los animales ? Por ejemplo, el espíritu de un gato.

Todos se largaron a reír. La expresión «espíritu de gato» les parecía muy graciosa. Pero justo en ese instante, apareció frente a sus asientos el gato negro de siempre. Se había metido furtivamente por alguna ventana que nadie sabía. Estaba sentado en el lugar de siempre, tranquilo y con aires de afectación.

—¿A qué obedece esto?

La señora Woson, apuntó al suelo en dirección al gato, nerviosa, con la intención de centrar la atención de los demás en el animal.

Por unos instantes, los invitados miraron hacia donde ella apuntaba. Pero de inmediato desviaron la vista y cambiaron de tema. Nadie se preocupaba en lo más mínimo por el gato. Quizás, a nadie le interesaba un animal tan aburrido.

—¿Por dónde habrá entrado? —preguntó nuevamente la señora Woson. —Las ventanas están cerradas, y yo no tengo ningún gato.

Las visitas se rieron nuevamente. Las palabras de la señora les parecieron una ocurrencia ingeniosa. Acto seguido, retomaron la conversación anterior, charlando animadamente.

La señora Woson se sintió molesta e insultada. «Qué visitas más maleducadas. Claramente todos ven al gato. Además, entienden la pregunta. La hice en serio. ¿Entonces? Todos se hacen los desentendidos, pero me ignoran a propósito. Sea como sea», —pensó la señora Woson para sus adentros. «Debo atraer la mirada de estos farsantes hacia el animal en el suelo y fijarla para impedir a la fuerza que la aparten».

Como parte de su plan, dejó caer al suelo una taza de café. Aparentando sorpresa ante su descuido, recogió los trozos repartidos a los pies de la gente. Disculpándose cortésmente, limpió las manchas de líquido en los bajos de las invitadas. Eso tendría que obligarlos a dirigir su mirada al suelo y atraer su atención al gato que tenían a sus pies. No obstante, siguieron con su jolgorio sin prestar atención al nimio descuido de la señora Woson. Todos se esforzaban conscientemente por mantener la conversación e ignorar así a la consternada mujer, quién tratando de soportarlo, comenzaba a perder la paciencia. Esperando tener éxito con el segundo intento, repitió lo mismo porfiadamente, esta vez tirando al suelo una brillante cucharilla de plata, que rebotó al caer con un agudo y claro resonar. Pero incluso ese ruido desapareció entre las voces de jolgorio y entusiasmo de las mujeres en la interesante conversación. Nadie se percató del asunto ni volteó la mirada. Al contrario, fue la señora Woson quien comenzó a exaltarse y a ponerse cada vez más nerviosa. Se volvió completamente histérica y comenzó a sentir un intenso arrebato que la empujaba a actuar de manera imprevista. Se puso de pie de repente y empezó a patear el piso desesperadamente, con todas sus fuerzas. Con tal ruido violento y salvaje, el aire de la habitación vibró repentinamente.

Tercera parte y final…la próxima semana

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Retomando de a poco

Entre estudios, clases y sobredemanda laboral he dejado tirado el blog, pero me doy una vuelta rápida para dejarles este cuento que traduje hace un tiempo y que el bueno de José Pino, el cerebro detrás de A Pie de Página, me ayudó a pulir. El autor, Sakutarō Hagiwara, aclamado en círculos poéticos como el “padre del verso libre” en la poesía nipona, al parecer es más conocido por su poesía que por sus escasos cuentos.  De todas formas, esta historia felina de final típicamente japonés tiene su gracia. Pero bueno, no les digo más y los dejo con el cuento. Ah, para que no se aburran dada su extensión, lo publicaré en tres entregas, solo para lectores fieles.

El gato negro de la señora Woson

Sakutarō Hagiwara

Traducción de Juan Luis Perelló

 La señora Woson era una mujer inteligente y relativamente educada. Desde la muerte de su erudito esposo, trabajaba como bibliotecaria en la sección de investigaciones de una asociación académica. Cada mañana, salía a trabajar a las nueve y regresaba a las cuatro de la tarde. Como muchas mujeres de clase intelectual, era nerviosa, alta, delgada y de piel un tanto amarillenta. No tenía ningún problema de salud y trabajaba con diligencia y buena disposición, organizando sus labores de manera clara y razonable. En pocas palabras, era la típica mujer en ese tipo de trabajo.

Una mañana, efectuaba sus labores de siempre luego de ir a trabajar a la hora de siempre. Al estar por terminar su trabajo, se sintió totalmente exhausta. Viendo que el reloj de la oficina marcaba las cuatro con cinco minutos, ordenó los documentos sobre la mesa y comenzó a prepararse para regresar a casa. Desde que quedara viuda, arrendaba una casa de un solo ambiente en una callejuela solitaria, donde llevaba una vida realmente aburrida, sin adornos ni holguras. Llegada la hora de regresar a casa, siempre la envolvía

una insipidez inefable y se sentía melancólica. Se ponía a pensar en esa casa vacía, en la que día tras día esperaban su regreso, en la misma posición y sin cambio, su cama, el viejo escritorio fijo junto a la ventana y su aburrido tintero.

Hoy también, a la hora de volver a casa, la ataca la misma sensación de vacío de siempre. Sin embargo, en algún punto al fondo de esa sensación, un presentimiento extraño, distinto al habitual, la recorre como un escalofrío. Lo que se le vino a la mente no era la aburrida habitación de siempre, sino una más lúgubre y desagradable que ocultaba algo malo, abominable y siniestro. Era tal la sensación de opresión que no sentía deseos de regresar a su propia casa, aunque finalmente, se puso su pesado abrigo y se encaminó hacia ella como siempre.

Al detenerse frente a la entrada, intuyó con claridad que había alguien en el interior. Alguien que, por algún lado, había entrado en algún momento de su ausencia. En aquel enigma que evocaba, sentía con una certeza cada vez mayor un presentimiento desconocido y sin sombra de duda. —Efectivamente hay alguien. No cabe duda. —vaciló. Juntando valor, abrió la puerta de golpe.

Sin embargo, no había nadie. El cuarto estaba silencioso y ordenado como siempre. No había el más mínimo cambio en ninguna parte. En realidad, había sólo uno: un gato negro desconocido sentado en el centro del piso de la habitación. Tenía unas grandes pupilas que la miraban fijamente. Inmóvil como un paquete, estaba acurrucado y eternamente tranquilo.

La señora Woson no tenía ningún gato. Por supuesto, no había duda de que este gato se había metido durante su ausencia, quién sabe de dónde. Pero, ¿por dónde habrá entrado? Ella siempre tomaba la precaución de cerrar firmemente las puertas cuando salía. Obviamente, estaba con llave y los cerrojos de todas las ventanas estaban bien cerrados. Con algo de desconfianza, revisó todos los rincones de la casa. Sin embargo, no había ningún resquicio que permitiera entrar al animal. No había chimenea ni agujero de ventilación. Por más que buscara, no había lugar como para que entrara.

La señora se puso a pensar: «Alguien debe haber venido durante mi ausencia, probablemente con la intención de robar, ha espiado este cuarto, ha abierto parte de una ventana y por casualidad, el gato aprovechó para entrar. Entonces, tras hacer algo en el cuarto por un rato, esa persona cerró nuevamente la ventana tal cual estaba y se fue. Y el animal se quedó aquí encerrado desde ese entonces». En realidad, no cabía ninguna otra conjetura.

Ella no era para nada dueña de una mente enfermiza. Al contrario, era una mujer con una inteligencia desarrollada y un hábito deductivo. Sin embargo, este acontecimiento extraño le resultaba evidentemente inquietante. Solo pensar que durante su ausencia un desconocido se había colado y hecho algo en su sala de estar, la alteraba profundamente.

Sintió una sensación desagradable de opresión, como de pesadilla. No obstante, con su hábito deductivo, pensó en descubrir a como diera lugar la causa verdadera de este incidente misterioso. Si en su ausencia alguien había irrumpido por alguna ventana, tendría que haber rastros del forcejeo. Y aunque no los hubiera, tendrían que haber algunas huellas digitales, así que se puso a buscar con mucha atención. Sin embargo, las ventanas no tenían la más mínima anormalidad ni nada parecido a una huella digital. A juzgar por aquello, no había rastro alguno de que alguien hubiera entrado.

Al levantarse la mañana siguiente, se le ocurrió una idea brillante: cubrir todos los rincones de la casa con polvo de tiza de un color que pasara inadvertido. Si al igual que ayer, hoy ocurriera algo en su ausencia, tendría que quedar alguna evidencia. Ni siquiera el famoso gato podría evitar dejar huellas desde el lugar por el que entrara. Así se esclarecería todo.

Luego de poner totalmente en práctica el plan y comprobar su eficacia, se puso su abrigo usual y salió un tanto más tranquila. Pero cuando el reloj de pared de la oficina se acercó a las cuatro, nuevamente e igual que siempre, la atacó el mal presentimiento de costumbre. Sentía que inevitablemente había alguien sentado dentro de su casa. Era una sensación clara y persistente que no podía ahuyentar, como un insecto volando delante de los ojos. Lo más siniestro de todo es que nunca fallaba. En efecto, hoy también estaba el gato negro dentro de la casa. Con sus tranquilas y lúgubres pupilas, miraba en dirección a la señora Woson. Además, en contra de toda expectativa, no había siquiera una huella. El polvo de tiza esparcido en la mañana, se acumulaba como moho en el aire pesado del cuarto encerrado. Ni siquiera un granito de polvo cambió de lugar. Quedaba claro que nadie había entrado en la casa.

Tras pensar en todas las extrañas circunstancias posibles y deducir sus conjeturas, la señora Woson quedó completamente desconcertada. Que nadie había entrado y que tampoco el gato venía de afuera, era un hecho comprobado. Además, el gato aparecía misteriosamente sentado en el suelo, frente a sus ojos y sin dejar huella. Nada era tan cierto como que en ese preciso instante había ahí un gato. Mientras no fuera por arte de magia, no hay razón para que entrara un gato dentro del cuarto fuertemente cerrado y sin dejar huella alguna.

Segunda parte, próxima semana a la misma hora, en este mismo blog.

English: wild cat Português: Gato negro

(Photo credit: Wikipedia)

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