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Alpacas y diccionarios de papel

Todo el que me conozca sabrá que aún soy usuario de los diccionarios de papel. De esos que hay que ojear y hojear (sí, con y sin h) para dar con la palabra que uno busca. Otros me conocerán como un defensor de los mismos o promotor de estos anticuados mamotretos intragables que la tecnología ha dejado atrás. Y claro, sería mentira si dijera que en mi trabajo diario solo uso los de papel y no los electrónicos. De hecho, uso principalmente estos últimos, por su rapidez, comodidad y versatilidad en la búsqueda. Pero de cuando en cuando, sobre todo cuando el tiempo no apremia, trato de no abandonar a mis amigos de antaño. A mi izquierda, al alcance de mi mano, tengo al menos 15 fieles volúmenes de diversos tamaños, colores, idiomas y temáticas. Algunos pesan tanto que tengo que usar ambas manos para consultarlos. Detrás de mí, otros tantos.

Me da la impresión de que es más fácil olvidar la información nueva cuando la buscamos en un diccionario electrónico, ya sea en línea o de bolsillo (denshi jisho, o “jisshonarios“, como me gusta llamarlos). Aunque claro, inmersos en la vorágine actual, no queda otra que recurrir a la tecnología para buscar al instante y seguir avanzando, pues tenemos un plazo de entrega que cumplir. No obstante, el placer de recorrer y descubrir, por ejemplo, alguna joyita oculta en el María Moliner, es impagable, y al menos según me parece, deja una huella más profunda, un aprendizaje más duradero. Porque ¿cuántas veces hemos buscado una y otra vez una misma palabra en Wordreference o similar? Tiendo a pensar que con el papel esto pasa menos. Pero claro, puede ser solo romanticismo de mi parte.

También tengo uno que otro diccionario que me resulta inútil en lo laboral, pero que conservo por motivos sentimentales, ya que me lo dio mi tío abuelo favorito. Como este:

Diccionario alemán-japonés

Diccionario alemán-japonés

Se trata de un viejo (1912) diccionario alemán-japonés, en que para el alemán se usan letras góticas, de esas raras y difíciles de leer; y para el japonés, estilo clásico escrito, o 文語体 de uso más o menos corriente en la lengua escrita de esa época y que dejó de usarse tras la segunda guerra mundial, cuando se reformó la escritura para que coincidiera más con la lengua oral.

Aunque no sé ni una pizca de alemán, alcanzo a reconocer que dice Alpaca (o Alpata o algo parecido). se observa que para los nombres de países donde hoy se usaría katakana, se usa kanji (知利 para チリ  Chile  y 秘露  para ペルー (Perú),  y que donde hoy se usaría hiragana, se usa katakana.

Además de lo complejo del lenguaje, llama la atención la ilustración, un poco tosca. Pareciera que la alpaca se agacha para dejar espacio al texto.

La definición misma también es curiosa: “nombre de animal parecido a la oveja, originario de Chile y Perú”. Se agrega además su escritura en kanji, 羊駄 prácticamente en desuso actualmente.

O sea, que es un camélido, que se puede comer, que se extrae su lana o que también proviene de Bolivia u otros países, ni palabra. (Sí, la segunda acepción se refiere a la tela, pero solo dice que es el nombre de una tela de pelo ralo)

Sí, ya sé que todo esto no sirve de mucho y que no lo vamos a andar comentando en la sobremesa. Pero igual nos dice algo de la visión de mundo que reflejaba el japonés de hace 100 años. Y al menos eso, creo que es un poquito interesante.

 

AVISO de UTILIDAD PÚBLICA

Antes me pasaba por el blog una vez a la semana, ahora por lo visto voy al “acelerado” un ritmo de una vez al año. Espero poder mejorar la frecuencia, pero no prometo nada. Sería útil que me comentaran si hay algún tema en concreto del que quieran saber (sobre japonés, traducción, herramientas CAT y áreas afines), pues así me sirve de inspiración y me ayuda a darle movimiento a esta cuestioncita.

Yoroshiku.

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Mini homenaje a la increíble doña María

Mª Moliner

Mª Moliner (Photo credit: Super Furry Librarian)

Nada, no es el aniversario de su natalicio, fallecimiento ni nada parecido. Sólo que se me ocurrió que valía la pena hacer un humilde homenaje a la que es para mi gusto el mejor lexicógrafo de la lengua castellana, doña María Moliner.  Lo digo en masculino para incluir ambos géneros, ya que si lo pongo en femenino, su posible competencia sería menor. Si bien ella humildemente decía que su único mérito era su diccionario, ya quisiera yo ser acreedor de tal logro. Si bien llevo años recopilando un glosario de japonés técnico que algún día verá la luz en algún formato, siempre estará técnicamente a años luz de la obra de esta española: un diccionario realmente útil, con definiciones útiles y comprensibles, verificadas en el uso efectivo de los vocablos. En definitiva, una herramienta indispensable para el traductor. Toda una hazaña, sobre todo si pensamos que lo hizo sola, durante años, en el poco tiempo libre que le dejaba el trabajo y la crianza. Aún más, si lo comparamos con el diccionario de la RAE, que aunque confeccionados por una tropa de académicos, está lleno de definiciones circulares, esas referencias cruzadas entre palabras que no explican nada.  (Igual, hay que reconocer que en la última década la RAE ha comenzado a mejorar enormemente sus obras de consulta).

Los únicos inconvenientes del Diccionario de uso del español son que obviamente el paso del tiempo se refleja en la carencia de vocablos recientes y en que, quizás por pudor,  no salen “malas palabras”. Pero a quién engañamos, esas no necesitamos buscarlas en el diccionario.

Si les interesa saber un poco más, les recomiendo esta nota publicada por Gabriel García Márquez, con ocasión del deceso de esta prócer de la palabra.

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