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Cuando el traductor se apodera de la novela

Hace un rato que estoy leyendo “Americanos, los pasos de Murieta”, del chilenoargentinoestadounidense Ariel Dorfman. Si bien lo compré  (de oferta, claro) pensando que me informaría algo del semifamoso bandolero Joaquín Murieta, resulta que es más bien una novela casi épica ambientada en los albores de las independencias latinoamericanas.  Además, algunos capítulos están narrados por un jabón. Sí, de esos para lavar. A pesar de este recurso creativo, para mi gusto el librito es medio fome, tengo que reconocerlo. Pero tiene algo que me impide abandonarlo: el traductor. No se trata de que me la paso encontrando gazapos y horrores (hay alguno por ahí, como diputado por deputee en el sentido de los ayudantes de un sheriff, pero no abundan), sino que al contrario del cuasianonimato que se espera de nuestra profesión, en este caso el traductor aparece con cierta frecuencia para aportar información y anécdotas que el traductor que llevo dentro considera que no vienen al caso.  En su nota introductoria, justifica sus intervenciones parcialmente en que el lector en español no contará con toda la información…aunque a mi parecer, dudo que el lector del original del inglés cuente con la mitad de la información que él aporta.

English: Ariel Dorfman

English: Ariel Dorfman (Photo credit: Wikipedia)

Por eso digo que se apodera de la novela, ya que más que para aclarar pasajes de traducción difícil, se inmiscuye cada tanto para dar información no solicitada: notas al pie para consignar la fecha de un acontecimiento de la novela o, incluso,  para confirmar o desmentir la existencia de tal o cuál personaje diciendo más o menos “mi hermano que es historiador me dice que este personaje no existió” y similares. Nunca me había tocado enterarme tanto de la vida de un traductor a través de su trabajo. De todas formas, reconozco que por alguna extraña razón esta vez no me molesta.

Lo más notable es su advertencia inicial, en la que mencionando la atávica humildad del traductor que se achaca todo posible error o mala elección de palabras, prefiere culpar al autor por no responder a ninguna de sus consultas.  Si bien creo que yo nunca me atrevería a algo así, ni tampoco lo recomendaría, me parece notable y valiente de su parte. Si tienen a mano el libro, les recomiendo leer al menos la nota del traductor, que como dicen en España, “no tiene desperdicio”. Y claro, no hace mal leer el resto del libro tampoco, porque que yo diga que es fome, no significa mucho.

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