Los glosarios de la IATE

Para que no parezca que este blog ahora es puro autobombo (ya saldrá una nueva entrada de esas), les cuento acerca de algo que puede interesar a más traductores que los que pasan por aquí normalmente. Eso, porque no tiene nada que ver con japonés. Me refiero a los glosarios de la IATE, que es la base de datos terminológicos de la UE. O sea, que tiene una chorrera de idiomas y combinaciones posibles.

Aunque hace rato que el sitio se puede consultar aquí, desde hace un tiempo es posible bajar la base de datos completita. Eso puede hacerse desde acá.  (en formato TBX)

¡Guau! Dirán algunos que como yo, bajen el archivo todo emocionados. Pero no todo es miel sobre hojuelas, ya que el tremendo archivo presenta una gran complicación:

Es un archivo gigante que tiene todas las lenguas de la UE. Eso quiere decir que a menos que traduzcamos desde o hacia los creo que 27 idiomas que la componen, tenemos bastante información que no nos sirve.

Por eso, mis intentos de importarla a Wordfast y a MemoQ fueron en vano: esperas eternas, computador pegado y cero resultados. O sea, no pude crear glosario utilizable alguno. Ya me estaba dando por vencido cuando buscando por ahí y por allá me encontré con la página de Henk, en Holanda:

santrans.net

quien por una módica suma (10 EUR el primer par de lenguas y 7,5 EUR pares adicionales) ofrece los archivos “podados” según tus necesidades: O sea, en vez de los millones de entradas multilingües, puede conseguirte sólo los pares lingüísticos que necesites, en mi caso, inglés a español, en un formato importable para tu TAC o CAT favorita.

El proceso de importación a MemoQ resultó de lo más sencillo y sin contratiempos. A Wordfast Pro ha dado algo más de trabajo, pero no creo que sea tanto más complicado. Si no me resulta, les cuento. Si me resulta, no les cuento nada.

Eso pues.

 

ACTUALIZACIÓN:

Ya, les cuento que pasó con Wordfast. La importación a Wf Classic acabo de hacerla hace algunos minutos y me tardé idem. Un par de minutillos y el bueno de Classic fue capaz de importar 593.484 términos en casi un paraguazo. Por otro lado, con Wf Pro la cosa fue un poco más complicada. Luego de dos horas tratando de importar de importar el archivo, que aunque podado es bien grandecito, me di por vencido. Ahí llegó nuevamente Henk al rescate con una versión del archivo en varios pedacitos de 10.000 entradas para una importación menos lenteja. Cada importación es más rápida, pero hay que repetir el proceso unas 50 veces para poder importarlo todo. Así que eso pues, la conclusión es que el glosario se puede importar también a los Wordfast, pero con algunos sobresaltos…todavía no me doy el tiempo para terminarlo en Pro.  Pro 0, Classic 1.

 

 

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Antología de relatos japoneses. Tres maestros de la literatura / (¡Llame ya!, o cómprelo antes que se agote)

Finalmente puedo dar a conocer al mundo la noticia que me impacientaba dar: ya ha sido publicado el libro de cuentos de autores clásicos nipones, con participación de un servidor y otros dos colegas: Isami Romero y Juan Yañez, aparte de la invaluable colaboración de José Pino.

Esa es una de las razones por la ausencia bloguera, pues para la traducción literaria hay que robarle horas al tiempo libre. Y cuando se trata de textos escritos en japonés de hace casi 100 años, son muchas más las horas necesarias.

La verdad es que estoy ansioso por ver como quedó el libro impreso.

Para los interesados en leer algunos de los menos conocidos cuentos de Akutagawa, Miyazaki y Dazai, les dejo algunos enlaces donde lo pueden adquirir.  No será un Harry Potter, pero imagino y espero que a más de alguien le interese. Felicidades y agradecimientos a la editorial Quaterni por atreverse a publicar este tipo de obras.

Book Depository (¡Con envío gratis a todo el mundo!)

Amazon.es

Quaterni

Portada antología

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Tipografía japo en chrome

 

 

 

 

Uf. Cómo pasa el tiempo. Uno decide tomarse un rato y de golpe y porrazo ya no sé cuánto tiempo pasó desde la última entrada. Pero bueno, así no más es la cosa. Que la falta de tiempo, que la flojera o que la falta de inspiración. Pero bueno, hoy hice un minidescubrimiento que puede servirle a más alguien así que se los cuento:

Resulta que desde hace algunas semanas que estoy usando el famoso Chrome, porque definitivamente Firefox no anda con Windows 8.1, digan lo que digan. Aunque aun extraño su barra de acceso rápido a buscadores (la de la esquina superior derecha) y no encuentro nada parecido en Chrome, pasa que el navegador este es bastante bueno en casi todo lo demás. Y el “casi”  por poco me desespera. Pasa que si quieres visitar sitios en japonés, Chrome tiende a mostrarlos con la peor de las tipografías posibles. Una cosa que duelen los ojos y da vergüenza ajena ver esos kanjis mutilados y traspasados con trazos fuera de lugar. Esa es la configuración predeterminada (“por defecto”, dicen algunos…en este caso, con mucha razón). Pero pasa que como tenía que ser, eso se puede cambiar fácilmente en las opciones. Es bien sencillo, pero hay que recordar cambiar tanto la “fuente” (la que nos guste, normalmente MS Mincho funciona bien) como la codificación (Unicode UTF-8). Si no hacemos esto último, por lo visto no funciona y decepciona.

Aquí les dejo unas capturas para que no se pierdan:

Paso 1

Paso 1

Paso 2

Paso 2

Paso 3

Paso 3

 

Eso sería. Hasta la próxima.

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III Congreso Cotich y I seminario Chile-Japón

Solo una notita rápida para mantenerlos informados acerca de dos eventos relacionados con traducción que tendrán lugar dentro de poco uno y dentro de unos meses el otro.

Ambos me tendrán participando de alguna u otra forma, así que ya sabe mi club de fans dónde me puede encontrar (claro).

El primero es el III congreso del Cotich, el colegio de traductores e Intérpretes de Chile, donde haré un pequeño taller sobre Wordfast classic.

El segundo, el I Seminario Internacional Chile-Japón donde hablaré (espero) algo sobre la traducción del japonés (todavía no sé qué).

Ambos eventos se realizarán en la Universidad de Santiago de Chile.

Aquí la info:

III congreso del Cotich

http://cotich.wordpress.com/2013/11/04/iii-congreso-de-traduccion-e-interpretacion-del-colegio-de-traductores-e-interpretes-de-chile-a-g/

 

Primer Seminario Internacional Chile -Japón

Español
http://www.globalcompetences.org/english/seminario2014en/seminario2014sp/

Japonés
http://www.globalcompetences.org/english/seminario2014en/seminario2014jp/

Inglés
http://www.globalcompetences.org/english/seminario2014en/

 

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Trivia numérica

Pensando en algún tema del que escribir en este humilde espacio, recordé un asunto numérico matemático que había visto por ahí alguna vez: Los números en japonés. Quien se haya aventurado alguna vez con su estudio habrá notado que el sistema numérico es un tanto diferente al nuestro. Para más detalles al respecto, ver esta entrada antigua. Por lo general, nos enteramos de la existencia de  los “manes”, los “okus” y los “chous”. Osea, diez mil, cien millones y 1 billón respectivamente.  (万、億 y 兆 por si hay por ahí algún fan de los kanjis).

Dominar los “manes” resulta imprescindible para manejarse en el japonés cotidiano. Los okus no tanto, aunque si eres traductor ténico más de alguna vez aparecerá por ahí en alguna estadística o gráfico. Los chous son más raros pero igual hacen su aparición de vez en cuando.

¿Y?

La pregunta del millón (ja, salió sin querer): ¿y qué pasa con los números más grandes, como billón, trillón y demases?

Pues que claro, como no, tienen cada uno su palabra y su kanji correspondiente:

KEI 1016
GAI 1020
JOU 1028
KOU 1032
KAN 1036
SEI 1040
SAI 1044
GOKU 1048
恒河沙 GOUGASHA 1056
阿僧祇 ASOGI 1064
那由他 NAYUTA 1072
不可思議 FUKASHIGI 1080
無量大数 MURYOUTAISUU 1088

Pero ojo, como el patrón numérico es diferente, no encontramos equivalentes exactos a trillón, cuatrillón y compañía, por lo que su traducción será más matemática que léxica. Quizás la mejor opción sería usar notación científica según el caso, ya que poner un  número como 1000000000000000000000000000000  o escribirlo con palabras será algo engorroso.

Por suerte, estas cifras “astronómicas” no aparecen nunca y son más bien una curiosidad. De hecho, sobre todo los últimos mencionados, de aparecer en un texto lo más probable es que se refieran a un número muy alto en lugar de su equivalente numérico exacto: basta buscar en el diccionario y ver que la primera acepción suele ser algo así como “número extremadamente grande”.

Ahora, qué sabe un japonés promedio de esto, ni idea. Me imagino que poco, pues acabo de enterarme, por ejemplo, de los nonillones y decillones en castellano… así que ahí tienen, por si quieren presumir.

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Parece japonés, pero no es

mica

Hace unos días llegó a mis manos esta curiosidad. Se trata del envoltorio de un protector de pantalla para teléfono celular que, a primera vista, no tiene nada de especial. Instrucciones en inglés y japonés. Listo. Aunque si lo miramos con atención, hay algo extraño, aparte del inglés descuidado y de dudosa calidad. Eso no sería novedad alguna. Lo curioso es que el japonés de estas instrucciones tampoco es de lo más católico que digamos, si es que se me permite la comparación.  Por una parte, aparecen kanjis raríficos, que como naturalmente son la contraparte china de las letras niponas igual se entienden con algo de esfuerzo.  Eso sí, a medida que vamos leyendo, la cosa se complica.  Primero, parece que algo de dislexia también hay: ち en vez de さ, o sea, kudachii en lugar de kudasai. ¿Y qué diablos será いよら ? La última instrucción es toda una sorpresa con ese intento de “保存” y nada más ni nada menos que un ゐ (wi), que es un hiragana obsoleto, en lugar de る.

Tanto error me hace suponer que el japonés aquí solo cumple una función estética o peor aún, es un intento de los fabricantes chinos por hacer pasar su producto como japonés. Me imagino que sobre todo en Asia, donde es más probable que el público reconozca la escritura japonesa aunque no la entienda, podría resultar una buena estrategia para aprovecharse  del prestigio de los bienes made in Japan. Una especie de localización mal entendida, por así decirlo.

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El gato negro de la señora Woson, 3a parte

Segunda parte

Un acto así de inesperado y anormal, por supuesto, captó la atención de las visitas. Sorprendidos, todos voltearon al unísono la mirada hacia la señora Woson. Pero no fue más que un instante y se volvieron a concentrar en las historias de cada uno. Para ese entonces, ella ya estaba totalmente pálida. Era incapaz de seguir aguantando la falsedad y descortesía de las visitas. Un arrebato apasionado comenzó a quemarla entera como fuego. No era capaz de refrenar el impulso de agarrar del cuello a esa gente indeseable y empujarla a la fuerza frente a la nariz del gato en el suelo.

Pateó una silla, e hirviendo en un odio instintivo, agarró de golpe el cuello de una de las invitadas. El delgado cuello de la mujer temblaba como un ganso a punto de morir en la acalorada mano derecha de la señora Woson. Tumbándola y arrastrándola, la restregó en el piso hasta pelarle la nariz.

—¡Mira! —gritó la señora Woson.

—Aquí hay un gato. —luego gritó varias veces:

—¿Aún así no lo ves?

Se oyó un grito terrible. La otra mujer dio un alarido letal, se apegó con miedo a la pared y resbaló al piso en el que había estado parada inmóvil. La mujer estaba casi completamente desmayada. Solo uno de los invitados, el anciano filósofo, miraba sin intervenir y con estupor el imprevisto incidente. Inyectados de sangre, los ojos de la señora Woson observaban fijamente al gato en el suelo. Grande y lúgubre, sentado inmóvil, permanecía tranquilo como una música. Probablemente nunca podría borrar esa imagen grabada en su mente que la perseguiría sin dejarla en paz. —¡Ahora! —, gritó. —¡Tengo que dispararle!

Abrió el cajón del escritorio y sacó una pequeña pistola de mujer, con incrustaciones de lapa en un diseño de marfil. La había comprado poco antes para matar al siniestro gato, y precisamente había llegado el momento de cumplir su función.

Puso la mano en el gatillo y apuntó al animal. Si disparaba, la causa de su pesar durante este tiempo se esfumaría de la faz de la tierra. Sintiéndolo con el corazón, le sobrevino una sensación de bienestar. Así que fijó la mira y jaló con fuerza el gatillo.

El humo inundó la habitación junto con el estruendo del disparo. Sin embargo, una vez que se hubo disipado, el mismo gato, en la misma posición del principio, aparecía sentado como si no hubiera nada anormal. Con sus pupilas negras como mejillones, miraba fijamente igual que siempre a la señora Woson quien levantó el arma nuevamente. Y disparó más cerca que antes, justo sobre la cabeza del felino. Sin embargo, una vez disipado el humo, aún permanecía ahí como si nada. Esa insoportable y persistente impresión enloqueció a la señora Woson. Tenía que matar a ese obstinado gato negro, hacerlo desaparecer sea como fuere.

—¡O muere él o muero yo! —pensó desesperada, mientras le sobrevenía un arrebato de odio. Disparó el arma descontroladamente: ¡tres!, ¡cuatro!, ¡cinco!, ¡seis! Hasta que al terminar con la última bala, notó que de su propia sien fluía como un hilo algo rojo y viscoso. Al mismo tiempo, se le nubló la vista y sintió como si de golpe la pared se le cayera encima. Dio un grito desgarrador y se desplomó bruscamente, como un pilar en llamas, en aquel cuarto lleno de humo y con olor a pólvora. La sangre le corría por los labios y el cabello desordenado con locura cubría su pálida cara. (Fin)

Nota: El tema de esa historia es un episodio real citado en un texto de psicología del profesor James.

Y eso sería. Típico final japonés, parecido al de las peliculas chilenas de los ochenta: o malo, o intelectualmente abierto e interesante. Dependerá del gusto.

Un gato bombay (raza) dato curioso: se llama s...

Un gato bombay (raza) dato curioso: se llama sandy y es mujer (Photo credit: Wikipedia)

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El gato negro de la señora Woson

Primera parte

Black cat

Black cat (Photo credit: @Doug88888)

La señora se dio por vencida. Aun así, al día siguiente repitió el experimento con mayor cuidado y meticulosidad. No obstante, el resultado fue el mismo y tanto al día siguiente como al subsiguiente, el mismo lúgubre gato apareció sentado en idéntico lugar. El misterioso animal se iba siempre de un salto, como una sombra, al mismo tiempo que ella abría la ventana.

Finalmente, la señora Woson concibió un plan. Para descubrir por dónde entraba el gato, se le ocurrió esconderse a la sombra de la puerta y observar por la cerradura durante todo el día. Al día siguiente, faltó al trabajo. Como siempre, cerró bien las ventanas, y acercó una silla a la entrada. Luego, cerró la puerta y arrimó la silla hacia la cerradura para atisbar por ella hacia el interior sin perder ni un segundo. Pasó largo rato, desde la mañana a la tarde. Fue un lapso muy difícil y casi insoportable para su tensionada capacidad de atención, pero, a juzgar por la relajación de su capacidad de atención, se distrajo pensando otras cosas. De vez en cuando, sacaba el reloj del bolsillo de su chaqueta para comprobar el avance de las manecillas. Durante todo ese largo rato, no pasó nada en el interior de la habitación. La señora Woson sacó nuevamente el reloj. Como en ese instante faltaban cinco minutos para las cuatro, se sobresaltó como quien se despierta de dormitar. Al mirar de nuevo por la cerradura, claro, el típico gato negro ya estaba en su lugar. Además, inmóvil y tranquilo, con la misma postura de siempre.

Más que un hecho sobrenatural, se trataba de algo sin solución. Lo único claro era que poco antes de las cuatro de la tarde, desde algún lugar y por alguna razón desconocida, aparecía dentro de la casa un gran gato negro. La señora Woson ya comenzaba a dudar de sus propias facultades. Había agotado todos los medios posibles y todos los experimentos sospechables. Pensó si acaso tendría algo en los nervios o si se estaría volviendo loca. Se paró frente al espejo para comprobar si tenía las pupilas dilatadas.

Día tras día, este detestable misterio atormentaba a la señora Woson. Terminó por volverse totalmente histérica y llegó a tener visiones del gato a pleno día en la mesa de la oficina. En ocasiones, hasta le parecía que la gente con la que se cruzaba, se había transformado en gato. En tales momentos, la envolvía un odio demente que no podía controlar. Le daban ganas de tomar por la cola al estiloso felino fantasma y golpearlo contra la calle.

Pero finalmente recuperaba la cordura. Así que se le ocurrió invitar a unos amigos para comprobar el misterioso incidente con la verificación por parte de terceros. Para ello citó a tres amistades poco antes de la hora en que aparecía el animal. Dos eran compañeras de trabajo, y el otro, un filósofo de edad más bien avanzada, amigo de su difunto esposo, cercano a la familia y a ella misma.

Los invitados y la dueña de casa formaron un círculo dentro de la habitación con los sillones de cuatro patas, dispuestos a propósito por la señora Woson para que el gato quedara a la vista de todas las visitas. Al principio, todos se mantuvieron tranquilos y en silencio por unos momentos. Sin embargo, después de un rato la conversación se tornó muy animada y comenzaron a charlar alegremente. El tema pasó de una cháchara inconexa, al espiritismo. El anciano filósofo, que sentía un profundo interés en el tema, entretuvo a las mujeres contándoles la historia de un fantasma alegre y estúpido del que se había informado hace poco en una convención espiritista. Pero solo la señora Woson preguntó seriamente:

—¿Tendrán espíritu también los animales ? Por ejemplo, el espíritu de un gato.

Todos se largaron a reír. La expresión «espíritu de gato» les parecía muy graciosa. Pero justo en ese instante, apareció frente a sus asientos el gato negro de siempre. Se había metido furtivamente por alguna ventana que nadie sabía. Estaba sentado en el lugar de siempre, tranquilo y con aires de afectación.

—¿A qué obedece esto?

La señora Woson, apuntó al suelo en dirección al gato, nerviosa, con la intención de centrar la atención de los demás en el animal.

Por unos instantes, los invitados miraron hacia donde ella apuntaba. Pero de inmediato desviaron la vista y cambiaron de tema. Nadie se preocupaba en lo más mínimo por el gato. Quizás, a nadie le interesaba un animal tan aburrido.

—¿Por dónde habrá entrado? —preguntó nuevamente la señora Woson. —Las ventanas están cerradas, y yo no tengo ningún gato.

Las visitas se rieron nuevamente. Las palabras de la señora les parecieron una ocurrencia ingeniosa. Acto seguido, retomaron la conversación anterior, charlando animadamente.

La señora Woson se sintió molesta e insultada. «Qué visitas más maleducadas. Claramente todos ven al gato. Además, entienden la pregunta. La hice en serio. ¿Entonces? Todos se hacen los desentendidos, pero me ignoran a propósito. Sea como sea», —pensó la señora Woson para sus adentros. «Debo atraer la mirada de estos farsantes hacia el animal en el suelo y fijarla para impedir a la fuerza que la aparten».

Como parte de su plan, dejó caer al suelo una taza de café. Aparentando sorpresa ante su descuido, recogió los trozos repartidos a los pies de la gente. Disculpándose cortésmente, limpió las manchas de líquido en los bajos de las invitadas. Eso tendría que obligarlos a dirigir su mirada al suelo y atraer su atención al gato que tenían a sus pies. No obstante, siguieron con su jolgorio sin prestar atención al nimio descuido de la señora Woson. Todos se esforzaban conscientemente por mantener la conversación e ignorar así a la consternada mujer, quién tratando de soportarlo, comenzaba a perder la paciencia. Esperando tener éxito con el segundo intento, repitió lo mismo porfiadamente, esta vez tirando al suelo una brillante cucharilla de plata, que rebotó al caer con un agudo y claro resonar. Pero incluso ese ruido desapareció entre las voces de jolgorio y entusiasmo de las mujeres en la interesante conversación. Nadie se percató del asunto ni volteó la mirada. Al contrario, fue la señora Woson quien comenzó a exaltarse y a ponerse cada vez más nerviosa. Se volvió completamente histérica y comenzó a sentir un intenso arrebato que la empujaba a actuar de manera imprevista. Se puso de pie de repente y empezó a patear el piso desesperadamente, con todas sus fuerzas. Con tal ruido violento y salvaje, el aire de la habitación vibró repentinamente.

Tercera parte y final…la próxima semana

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Retomando de a poco

Entre estudios, clases y sobredemanda laboral he dejado tirado el blog, pero me doy una vuelta rápida para dejarles este cuento que traduje hace un tiempo y que el bueno de José Pino, el cerebro detrás de A Pie de Página, me ayudó a pulir. El autor, Sakutarō Hagiwara, aclamado en círculos poéticos como el “padre del verso libre” en la poesía nipona, al parecer es más conocido por su poesía que por sus escasos cuentos.  De todas formas, esta historia felina de final típicamente japonés tiene su gracia. Pero bueno, no les digo más y los dejo con el cuento. Ah, para que no se aburran dada su extensión, lo publicaré en tres entregas, solo para lectores fieles.

El gato negro de la señora Woson

Sakutarō Hagiwara

Traducción de Juan Luis Perelló

 La señora Woson era una mujer inteligente y relativamente educada. Desde la muerte de su erudito esposo, trabajaba como bibliotecaria en la sección de investigaciones de una asociación académica. Cada mañana, salía a trabajar a las nueve y regresaba a las cuatro de la tarde. Como muchas mujeres de clase intelectual, era nerviosa, alta, delgada y de piel un tanto amarillenta. No tenía ningún problema de salud y trabajaba con diligencia y buena disposición, organizando sus labores de manera clara y razonable. En pocas palabras, era la típica mujer en ese tipo de trabajo.

Una mañana, efectuaba sus labores de siempre luego de ir a trabajar a la hora de siempre. Al estar por terminar su trabajo, se sintió totalmente exhausta. Viendo que el reloj de la oficina marcaba las cuatro con cinco minutos, ordenó los documentos sobre la mesa y comenzó a prepararse para regresar a casa. Desde que quedara viuda, arrendaba una casa de un solo ambiente en una callejuela solitaria, donde llevaba una vida realmente aburrida, sin adornos ni holguras. Llegada la hora de regresar a casa, siempre la envolvía

una insipidez inefable y se sentía melancólica. Se ponía a pensar en esa casa vacía, en la que día tras día esperaban su regreso, en la misma posición y sin cambio, su cama, el viejo escritorio fijo junto a la ventana y su aburrido tintero.

Hoy también, a la hora de volver a casa, la ataca la misma sensación de vacío de siempre. Sin embargo, en algún punto al fondo de esa sensación, un presentimiento extraño, distinto al habitual, la recorre como un escalofrío. Lo que se le vino a la mente no era la aburrida habitación de siempre, sino una más lúgubre y desagradable que ocultaba algo malo, abominable y siniestro. Era tal la sensación de opresión que no sentía deseos de regresar a su propia casa, aunque finalmente, se puso su pesado abrigo y se encaminó hacia ella como siempre.

Al detenerse frente a la entrada, intuyó con claridad que había alguien en el interior. Alguien que, por algún lado, había entrado en algún momento de su ausencia. En aquel enigma que evocaba, sentía con una certeza cada vez mayor un presentimiento desconocido y sin sombra de duda. —Efectivamente hay alguien. No cabe duda. —vaciló. Juntando valor, abrió la puerta de golpe.

Sin embargo, no había nadie. El cuarto estaba silencioso y ordenado como siempre. No había el más mínimo cambio en ninguna parte. En realidad, había sólo uno: un gato negro desconocido sentado en el centro del piso de la habitación. Tenía unas grandes pupilas que la miraban fijamente. Inmóvil como un paquete, estaba acurrucado y eternamente tranquilo.

La señora Woson no tenía ningún gato. Por supuesto, no había duda de que este gato se había metido durante su ausencia, quién sabe de dónde. Pero, ¿por dónde habrá entrado? Ella siempre tomaba la precaución de cerrar firmemente las puertas cuando salía. Obviamente, estaba con llave y los cerrojos de todas las ventanas estaban bien cerrados. Con algo de desconfianza, revisó todos los rincones de la casa. Sin embargo, no había ningún resquicio que permitiera entrar al animal. No había chimenea ni agujero de ventilación. Por más que buscara, no había lugar como para que entrara.

La señora se puso a pensar: «Alguien debe haber venido durante mi ausencia, probablemente con la intención de robar, ha espiado este cuarto, ha abierto parte de una ventana y por casualidad, el gato aprovechó para entrar. Entonces, tras hacer algo en el cuarto por un rato, esa persona cerró nuevamente la ventana tal cual estaba y se fue. Y el animal se quedó aquí encerrado desde ese entonces». En realidad, no cabía ninguna otra conjetura.

Ella no era para nada dueña de una mente enfermiza. Al contrario, era una mujer con una inteligencia desarrollada y un hábito deductivo. Sin embargo, este acontecimiento extraño le resultaba evidentemente inquietante. Solo pensar que durante su ausencia un desconocido se había colado y hecho algo en su sala de estar, la alteraba profundamente.

Sintió una sensación desagradable de opresión, como de pesadilla. No obstante, con su hábito deductivo, pensó en descubrir a como diera lugar la causa verdadera de este incidente misterioso. Si en su ausencia alguien había irrumpido por alguna ventana, tendría que haber rastros del forcejeo. Y aunque no los hubiera, tendrían que haber algunas huellas digitales, así que se puso a buscar con mucha atención. Sin embargo, las ventanas no tenían la más mínima anormalidad ni nada parecido a una huella digital. A juzgar por aquello, no había rastro alguno de que alguien hubiera entrado.

Al levantarse la mañana siguiente, se le ocurrió una idea brillante: cubrir todos los rincones de la casa con polvo de tiza de un color que pasara inadvertido. Si al igual que ayer, hoy ocurriera algo en su ausencia, tendría que quedar alguna evidencia. Ni siquiera el famoso gato podría evitar dejar huellas desde el lugar por el que entrara. Así se esclarecería todo.

Luego de poner totalmente en práctica el plan y comprobar su eficacia, se puso su abrigo usual y salió un tanto más tranquila. Pero cuando el reloj de pared de la oficina se acercó a las cuatro, nuevamente e igual que siempre, la atacó el mal presentimiento de costumbre. Sentía que inevitablemente había alguien sentado dentro de su casa. Era una sensación clara y persistente que no podía ahuyentar, como un insecto volando delante de los ojos. Lo más siniestro de todo es que nunca fallaba. En efecto, hoy también estaba el gato negro dentro de la casa. Con sus tranquilas y lúgubres pupilas, miraba en dirección a la señora Woson. Además, en contra de toda expectativa, no había siquiera una huella. El polvo de tiza esparcido en la mañana, se acumulaba como moho en el aire pesado del cuarto encerrado. Ni siquiera un granito de polvo cambió de lugar. Quedaba claro que nadie había entrado en la casa.

Tras pensar en todas las extrañas circunstancias posibles y deducir sus conjeturas, la señora Woson quedó completamente desconcertada. Que nadie había entrado y que tampoco el gato venía de afuera, era un hecho comprobado. Además, el gato aparecía misteriosamente sentado en el suelo, frente a sus ojos y sin dejar huella. Nada era tan cierto como que en ese preciso instante había ahí un gato. Mientras no fuera por arte de magia, no hay razón para que entrara un gato dentro del cuarto fuertemente cerrado y sin dejar huella alguna.

Segunda parte, próxima semana a la misma hora, en este mismo blog.

English: wild cat Português: Gato negro

(Photo credit: Wikipedia)

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Japón y los moáis

La entrada de hoy está motivada por mi reciente viaje a Rapa nui, que me gustó tanto que me quedé con ganas de decir algo al respecto. Y claro, nunca falta la conexión nipona, así que aquí vamos:

 

Imagen

Este moái (original) viajó a Japón para una exhibición.
Foto:yomismito

Siempre me ha parecido interesante la atracción que aparentemente sienten los japoneses por los famosos moáis de isla de Pascua: desde la venta de dispensadores de pañuelos desechables con cara de moái, hasta la restauración de Tongariki. Rapa nui forma parte del conocimiento colectivo japonés.

 

Imagen

Imagen Ahu Tongariki, restaurado gracias al apoyo de grúas donadas y hechas a la medida por una empresa japonesa.
Foto:yomismito

Detalle placa en Tongariki

Detalle de la placa en Tongariki

Además, está la emotiva historia del moái donado recientemente a Minami-sanriku, que había perdido el que tenía a causa del último tsunami, pues fue arrastrado y descabezado por fuerza del mar.

Asimismo, existen varios lugares en Japón donde se pueden ver réplicas conmemorativas  (fin de página). No creo que haya nada parecido en otro lugar, fuera de los museos que se han llevado ejemplares de la isla.

Pero eso no es todo…existe una isla llamada Niijima, ubicada en el archipiélago de Izu, a unos 168 km al sur de Tokio, donde se han inspirado en los moáis para crear los “moyáis”, que son esculturas repartidas por toda la isla, sugerentes de los moáis algunas o completamente distintas otras. Más que una copia, yo diría que es un homenaje inspirado…con fines lúdicos y turísticos, claro.   Uno de estos “moyaís” se encuentra en Tokio, en la zona de Shibuya. Seguro que más de alguno lo ha visto y no sabía su origen.

Moyai statue (モヤイ像) #1366

Moyai statue (モヤイ像) #1366 (Photo credit: Nemo’s great uncle)

 

 

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