El gato negro de la señora Woson


Primera parte

Black cat

Black cat (Photo credit: @Doug88888)

La señora se dio por vencida. Aun así, al día siguiente repitió el experimento con mayor cuidado y meticulosidad. No obstante, el resultado fue el mismo y tanto al día siguiente como al subsiguiente, el mismo lúgubre gato apareció sentado en idéntico lugar. El misterioso animal se iba siempre de un salto, como una sombra, al mismo tiempo que ella abría la ventana.

Finalmente, la señora Woson concibió un plan. Para descubrir por dónde entraba el gato, se le ocurrió esconderse a la sombra de la puerta y observar por la cerradura durante todo el día. Al día siguiente, faltó al trabajo. Como siempre, cerró bien las ventanas, y acercó una silla a la entrada. Luego, cerró la puerta y arrimó la silla hacia la cerradura para atisbar por ella hacia el interior sin perder ni un segundo. Pasó largo rato, desde la mañana a la tarde. Fue un lapso muy difícil y casi insoportable para su tensionada capacidad de atención, pero, a juzgar por la relajación de su capacidad de atención, se distrajo pensando otras cosas. De vez en cuando, sacaba el reloj del bolsillo de su chaqueta para comprobar el avance de las manecillas. Durante todo ese largo rato, no pasó nada en el interior de la habitación. La señora Woson sacó nuevamente el reloj. Como en ese instante faltaban cinco minutos para las cuatro, se sobresaltó como quien se despierta de dormitar. Al mirar de nuevo por la cerradura, claro, el típico gato negro ya estaba en su lugar. Además, inmóvil y tranquilo, con la misma postura de siempre.

Más que un hecho sobrenatural, se trataba de algo sin solución. Lo único claro era que poco antes de las cuatro de la tarde, desde algún lugar y por alguna razón desconocida, aparecía dentro de la casa un gran gato negro. La señora Woson ya comenzaba a dudar de sus propias facultades. Había agotado todos los medios posibles y todos los experimentos sospechables. Pensó si acaso tendría algo en los nervios o si se estaría volviendo loca. Se paró frente al espejo para comprobar si tenía las pupilas dilatadas.

Día tras día, este detestable misterio atormentaba a la señora Woson. Terminó por volverse totalmente histérica y llegó a tener visiones del gato a pleno día en la mesa de la oficina. En ocasiones, hasta le parecía que la gente con la que se cruzaba, se había transformado en gato. En tales momentos, la envolvía un odio demente que no podía controlar. Le daban ganas de tomar por la cola al estiloso felino fantasma y golpearlo contra la calle.

Pero finalmente recuperaba la cordura. Así que se le ocurrió invitar a unos amigos para comprobar el misterioso incidente con la verificación por parte de terceros. Para ello citó a tres amistades poco antes de la hora en que aparecía el animal. Dos eran compañeras de trabajo, y el otro, un filósofo de edad más bien avanzada, amigo de su difunto esposo, cercano a la familia y a ella misma.

Los invitados y la dueña de casa formaron un círculo dentro de la habitación con los sillones de cuatro patas, dispuestos a propósito por la señora Woson para que el gato quedara a la vista de todas las visitas. Al principio, todos se mantuvieron tranquilos y en silencio por unos momentos. Sin embargo, después de un rato la conversación se tornó muy animada y comenzaron a charlar alegremente. El tema pasó de una cháchara inconexa, al espiritismo. El anciano filósofo, que sentía un profundo interés en el tema, entretuvo a las mujeres contándoles la historia de un fantasma alegre y estúpido del que se había informado hace poco en una convención espiritista. Pero solo la señora Woson preguntó seriamente:

—¿Tendrán espíritu también los animales ? Por ejemplo, el espíritu de un gato.

Todos se largaron a reír. La expresión «espíritu de gato» les parecía muy graciosa. Pero justo en ese instante, apareció frente a sus asientos el gato negro de siempre. Se había metido furtivamente por alguna ventana que nadie sabía. Estaba sentado en el lugar de siempre, tranquilo y con aires de afectación.

—¿A qué obedece esto?

La señora Woson, apuntó al suelo en dirección al gato, nerviosa, con la intención de centrar la atención de los demás en el animal.

Por unos instantes, los invitados miraron hacia donde ella apuntaba. Pero de inmediato desviaron la vista y cambiaron de tema. Nadie se preocupaba en lo más mínimo por el gato. Quizás, a nadie le interesaba un animal tan aburrido.

—¿Por dónde habrá entrado? —preguntó nuevamente la señora Woson. —Las ventanas están cerradas, y yo no tengo ningún gato.

Las visitas se rieron nuevamente. Las palabras de la señora les parecieron una ocurrencia ingeniosa. Acto seguido, retomaron la conversación anterior, charlando animadamente.

La señora Woson se sintió molesta e insultada. «Qué visitas más maleducadas. Claramente todos ven al gato. Además, entienden la pregunta. La hice en serio. ¿Entonces? Todos se hacen los desentendidos, pero me ignoran a propósito. Sea como sea», —pensó la señora Woson para sus adentros. «Debo atraer la mirada de estos farsantes hacia el animal en el suelo y fijarla para impedir a la fuerza que la aparten».

Como parte de su plan, dejó caer al suelo una taza de café. Aparentando sorpresa ante su descuido, recogió los trozos repartidos a los pies de la gente. Disculpándose cortésmente, limpió las manchas de líquido en los bajos de las invitadas. Eso tendría que obligarlos a dirigir su mirada al suelo y atraer su atención al gato que tenían a sus pies. No obstante, siguieron con su jolgorio sin prestar atención al nimio descuido de la señora Woson. Todos se esforzaban conscientemente por mantener la conversación e ignorar así a la consternada mujer, quién tratando de soportarlo, comenzaba a perder la paciencia. Esperando tener éxito con el segundo intento, repitió lo mismo porfiadamente, esta vez tirando al suelo una brillante cucharilla de plata, que rebotó al caer con un agudo y claro resonar. Pero incluso ese ruido desapareció entre las voces de jolgorio y entusiasmo de las mujeres en la interesante conversación. Nadie se percató del asunto ni volteó la mirada. Al contrario, fue la señora Woson quien comenzó a exaltarse y a ponerse cada vez más nerviosa. Se volvió completamente histérica y comenzó a sentir un intenso arrebato que la empujaba a actuar de manera imprevista. Se puso de pie de repente y empezó a patear el piso desesperadamente, con todas sus fuerzas. Con tal ruido violento y salvaje, el aire de la habitación vibró repentinamente.

Tercera parte y final…la próxima semana

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