El japonés y las marcas de género


Otra de las complejidades del japonés radica en que no sería incorrecto afirmar que hombres y mujeres hablan distinto. Si bien quizás podría decirse lo mismo del castellano, en japonés hay pronombres, partículas finales y formas gramaticales específicas de cada género, lo que lo diferencian bastante de lo que estamos acostumbrados. Por ejemplo, en castellano chileno podemos identificar la expresión “regio”, en “me fue regio en la entrevista”, como más probable de ser dicha por una mujer. No obligatoriamente, pero sí con una mayor probabilidad. (Ahora si se usa en su sentido de “de la realeza”, como el “trono regio” ahí no tiene ninguna marca, claro).

Del mismo modo, pero con mucho mayor profusión, hay en japonés expresiones que suelen estar identificadas con uno u otro género:  おれ /ore/ es un pronombre de primera persona informal y masculino. Si bien no está prohíbido que una mujer lo use, y por  lo mismo no podemos asegurar que nunca sucede, en la práctica es muy improbable que lo use una mujer.  Asimismo, la partícula final わ /wa/ suele asociarse al discurso femenino, para expresar una aseveración de forma más bien familiar.

Gracias a estas marcas de género, cualquier enunciado en japonés adquiere matices que podríamos considerar complejos de transmitir en una traducción. Por ejemplo, 俺にはわからない ore niha wakaranai. Significa “(yo) no sé” o “(Yo) no tengo cómo saber”, con el matiz adicional de que se trata de un hombre quien lo dice. En castellano no podríamos transmitir ese matiz solo con en esa oración, y sólo podríamos hacerlo mediante una compensación de esa información en otra sección del discurso.  Y ese es el quid traductológico: ¿tengo siempre que reflejar todos los matices del original?  En mi opinión,  la obsesión por transmitirlo todo puede llevarnos a darnos por vencidos en lugar de preocuparnos de trasladar el mensaje y los matices esenciales que sí podemos verter a nuestra lengua. Si no podemos, quiere decir que no nos son relevantes. O sea, en este caso, lo que nos incumbe es que  quien habla «no sabe», ahora su género lo dilucidaremos más adelante, ya sea por el contexto u otro mecanismo. De lo contrario, estaremos listos para caer en la trampa de la supuesta «intraducibilidad», de la que muchas veces se echa mano incluso con fines chovinistas.

Lo mismo ocurre al revés, por ejemplo con el número que tanto nos importa en español, mientras que en japonés resulta artificioso expresarlo siempre. Pero de eso hablaremos otro día.

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Archivado bajo Cultura japonesa, Lingüística, Traducción, Uncategorized

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