Archivo mensual: agosto 2012

El japonés y las marcas de género

Otra de las complejidades del japonés radica en que no sería incorrecto afirmar que hombres y mujeres hablan distinto. Si bien quizás podría decirse lo mismo del castellano, en japonés hay pronombres, partículas finales y formas gramaticales específicas de cada género, lo que lo diferencian bastante de lo que estamos acostumbrados. Por ejemplo, en castellano chileno podemos identificar la expresión “regio”, en “me fue regio en la entrevista”, como más probable de ser dicha por una mujer. No obligatoriamente, pero sí con una mayor probabilidad. (Ahora si se usa en su sentido de “de la realeza”, como el “trono regio” ahí no tiene ninguna marca, claro).

Del mismo modo, pero con mucho mayor profusión, hay en japonés expresiones que suelen estar identificadas con uno u otro género:  おれ /ore/ es un pronombre de primera persona informal y masculino. Si bien no está prohíbido que una mujer lo use, y por  lo mismo no podemos asegurar que nunca sucede, en la práctica es muy improbable que lo use una mujer.  Asimismo, la partícula final わ /wa/ suele asociarse al discurso femenino, para expresar una aseveración de forma más bien familiar.

Gracias a estas marcas de género, cualquier enunciado en japonés adquiere matices que podríamos considerar complejos de transmitir en una traducción. Por ejemplo, 俺にはわからない ore niha wakaranai. Significa “(yo) no sé” o “(Yo) no tengo cómo saber”, con el matiz adicional de que se trata de un hombre quien lo dice. En castellano no podríamos transmitir ese matiz solo con en esa oración, y sólo podríamos hacerlo mediante una compensación de esa información en otra sección del discurso.  Y ese es el quid traductológico: ¿tengo siempre que reflejar todos los matices del original?  En mi opinión,  la obsesión por transmitirlo todo puede llevarnos a darnos por vencidos en lugar de preocuparnos de trasladar el mensaje y los matices esenciales que sí podemos verter a nuestra lengua. Si no podemos, quiere decir que no nos son relevantes. O sea, en este caso, lo que nos incumbe es que  quien habla «no sabe», ahora su género lo dilucidaremos más adelante, ya sea por el contexto u otro mecanismo. De lo contrario, estaremos listos para caer en la trampa de la supuesta «intraducibilidad», de la que muchas veces se echa mano incluso con fines chovinistas.

Lo mismo ocurre al revés, por ejemplo con el número que tanto nos importa en español, mientras que en japonés resulta artificioso expresarlo siempre. Pero de eso hablaremos otro día.

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Cuando el traductor se apodera de la novela

Hace un rato que estoy leyendo “Americanos, los pasos de Murieta”, del chilenoargentinoestadounidense Ariel Dorfman. Si bien lo compré  (de oferta, claro) pensando que me informaría algo del semifamoso bandolero Joaquín Murieta, resulta que es más bien una novela casi épica ambientada en los albores de las independencias latinoamericanas.  Además, algunos capítulos están narrados por un jabón. Sí, de esos para lavar. A pesar de este recurso creativo, para mi gusto el librito es medio fome, tengo que reconocerlo. Pero tiene algo que me impide abandonarlo: el traductor. No se trata de que me la paso encontrando gazapos y horrores (hay alguno por ahí, como diputado por deputee en el sentido de los ayudantes de un sheriff, pero no abundan), sino que al contrario del cuasianonimato que se espera de nuestra profesión, en este caso el traductor aparece con cierta frecuencia para aportar información y anécdotas que el traductor que llevo dentro considera que no vienen al caso.  En su nota introductoria, justifica sus intervenciones parcialmente en que el lector en español no contará con toda la información…aunque a mi parecer, dudo que el lector del original del inglés cuente con la mitad de la información que él aporta.

English: Ariel Dorfman

English: Ariel Dorfman (Photo credit: Wikipedia)

Por eso digo que se apodera de la novela, ya que más que para aclarar pasajes de traducción difícil, se inmiscuye cada tanto para dar información no solicitada: notas al pie para consignar la fecha de un acontecimiento de la novela o, incluso,  para confirmar o desmentir la existencia de tal o cuál personaje diciendo más o menos “mi hermano que es historiador me dice que este personaje no existió” y similares. Nunca me había tocado enterarme tanto de la vida de un traductor a través de su trabajo. De todas formas, reconozco que por alguna extraña razón esta vez no me molesta.

Lo más notable es su advertencia inicial, en la que mencionando la atávica humildad del traductor que se achaca todo posible error o mala elección de palabras, prefiere culpar al autor por no responder a ninguna de sus consultas.  Si bien creo que yo nunca me atrevería a algo así, ni tampoco lo recomendaría, me parece notable y valiente de su parte. Si tienen a mano el libro, les recomiendo leer al menos la nota del traductor, que como dicen en España, “no tiene desperdicio”. Y claro, no hace mal leer el resto del libro tampoco, porque que yo diga que es fome, no significa mucho.

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Capacitación en Wordfast Classic

Paciencia, ya vendrán más entradas relacionadas con el japonés y la traducción. Hoy aprovecho de contarles que el viernes 5 de octubré realizaré una capacitación en línea acerca de Wordfast Classic.  Supongo que ya se habrán dado cuenta de que es  una de mis herramientas CAT favoritas, tanto por su sencillez como por su filosofía comercial.  El cursillo está dentro del marco de las capacitaciones que ofrece Proz.com. Los detalles técnicos, administrativos y comerciales se pueden consultar en la página de la capacitación: Wordfast Classic, nivel inicial.  Ah, y será en castellano, porsiaca.

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Para los que se lo perdieron

Y bueno, tal como el año pasado, resultó bastante interesante el congreso del COTICH del que les conté el otro día. Sobretodo por la amplitud de temas tratados, que nos hacen pensar que nuestra labor no se encierra sobre lo mismo y que hay más expectativas y posibilidades que las que a simple vista podríamos notar.

Para mi fue un placer y honor poder compartir algo sobre la traducción del japonés, puesto que por lo general es un tema muy exótico que no tiene cabida en el devenir cotidiano de la mayoría. Quede contento por que por lo visto el tema fue bien acogido y al parecer nadie se quedo dormido.

Para los que se lo perdieron, los dejo, como premio de consuelo, con la presentación que sirvió de apoyo visual para mis humildes apreciaciones.

(Esperar un ratito a que cargue)

Y con unas fotillos cortesía de Rosa Basaure.

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Partículas finales

Todo estudiante de japonés se enfrenta más temprano que tarde a un tipo de palabra que lo deja bastante intranquilo porque a simple vista le resultan totalmente ajenas. Son las famosas “partículas finales”, que como su nombre lo dice, se usan al final de una oración para transmitir una gran variedad de matices semánticos y afectivos.

Por ejemplo, tomemos una oración declarativa sencilla como:

これは本です ( Esto es un libro)

Podemos variar los matices combinándola con diferentes tipos de partículas finales:

か ka, para preguntas:   これは本ですか  (¿Es esto un libro?);

ね ne, para apelar a la confirmación del interlocutor: これは本ですね (Esto es un libro, ¿no?);

よ yo, para enfatizar: これは本ですよ   (¡Este es un libro!);

Y así sucesivamente, para distintas funciones y matices. Algunas se limitan al uso femenino o masculino, y otras a registros más o menos formales. Por lo mismo, pueden algunas resultar complicadas para el estudiante hispanohablante.

Ahora bien, si pensamos en “partículas finales”, lo más probable es que digamos que en castellano no existe tal cosa. Pero si lo pensamos mejor, resulta que a nivel coloquial si tenemos palabras y expresiones parecidas. Al menos en el español chileno, se me ocurren las interjecciones:  po’, ¿no?, ¿ah? que si bien no necesariamente coinciden con el uso en japonés, si se parecen en la función de agregar un matiz especial, e incluso ir al final de la oración.

Llámame po’

Vas a venir, ¿no?

(Al prestar algo) Con devuelta, ¿ah?

La diferencia está en que estas expresiones son tan coloquiales que tendemos a dejarlas fuera de la gramática y de las aulas. Pero ahí están y las usamos todos los días, por lo que se merecen un poquito más de atención.  Una vez que notemos que en español tenemos algo parecido a las partículas finales japonesas, seguro que no nos costará tanto aprenderlas. Habrá algunas a las que nos costará encontrarles equivalentes, pero una vez entendida la idea y hecha la analogía con nuestra lengua, seguro que será más sencillo.

 

 

 

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