Archivo mensual: octubre 2011

腹切り y 切腹

Seppuku

Imagen de Wikipedia

Y seguimos con las trivialidades. Seguro que piensan que ya me dio la locura con un título tan raro. Pero no, al menos no tanto. Lo que pasa es que la idea es que pueden apreciar una de los aspectos fascinantes del japonés y que al mismo tiempo lo hacen tan complicado: las diferentes pronunciaciones que pueden tener los ideogramas.  La primera palabra es el muy conocido harakari (haraquiri, en su forma naturalizada al castellano), que como todos sabemos consiste en un suicidio ritual.  La segunda palabra es el para nosotros mucho menos conocido seppuku, que también se refiere al mismo suicidio.  Si se fijan bien, los ideogramas que componen ambas palabras son los mismos, pero al revés: estómago -cortar y cortar – estómago, pero se pronuncian completamente distintos. Entonces, ¿cuál es la diferencia?  que uno es más elegante y frecuente que el otro. En realidad, el famoso harakiri , que equivale a algo así como “cortarse la guata” no lo he escuchado nunca ni en vivo ni en diferido en alguna conversación en japonés, mientras que seppuku, más equivalente a “seccionarse el abdomen” lo he oído y leído varias veces…por suerte nunca lo he visto.

La duda que me asalta es cómo diablos fue la palabra menos usada la que se exportó a todas las latitudes. ¿Alguna idea?

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Onomatopeyas

Una de las diferencias entre el japonés y el español es la frecuencia con que el primero usa las onomatopeyas, que consisten en las palabras que imitan sonidos, como guau, pum o zas. En español tenemos pocas, nos cuesta identificarlas y pocas veces las vemos escritas. Además, incluso se podría decir que las despreciamos un poco. En cambio, en japonés, son innumerables, son ampliamente reconocidas, se escriben con frecuencia y no están mal vistas. Por ejemplo, zaazaa es el sonido de la lluvia que cae con fuerza y shitoshito la lluvia que cae despacito; gayagaya es el ruido de un lugar lleno de gente y chuuchuu es como hacen los ratones.

Lo que en castellano expresamos oralmente con algún sonido difícil de transcribir, en japonés en general tiene una onomatopeya definida. Dentro de la mente japonesa, estos sonidos son de lo más evidentes, por lo que los episodios entre japoneses tratando de comunicarse con un extranjero mediante estos “ruidos” no son nada raros.

Es esta cotidianeidad de las onomatopeyas niponas, la que permite que se vean reflejadas incluso en la escultura, tal como se ve en las fotos anteriores, tomadas en una exhibición de graduación de la Universidad de Artes de Tokio. La gracia de la escultura es que expresa de manera tridimensional el sonido que la conforma: zukyun. Curioso, ¿no?

Como saldría en Condorito, ¡Plop!…(lo que dicho sea de paso, sí es una onomatopeya)

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La letra que no es letra: 々

Hoy hablaremos del carácter  々, que a pesar de que cualquier estudiante principiante de japonés básico lo conoce en palabras como 人々 国々 様々, todos nos vemos en problemas a la hora de llamarlo por su nombre. Podemos llamarlo signo de repetición, de pluralización  o algo parecido, aunque no tiene nombre oficial ni siquiera en japonés. La gracia de este carácter es que dependiendo del contexto, su pronunciación varía: bito, guni, zama en los tres ejemplos anteriores, y cualquier otra que la casualidad nos quiera presentar. Como tampoco está asociado a una pronunciación específica, tampoco puede considerarse como letra, sólo como signo. Esto hace que ni siquiera salga en muchos diccionarios. Al menos en mi diccionario electrónico, no sale, ni siquiera buscándolo por radical. El que quiera buscarlo en algún diccionario de papel, puede hacerlo bajo el radical “丿”. Ya, con esta entrada sí que me gano el premio a la ñoñería.

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In memoriam: Marina Orellana y Eugene Nida

El pasado agosto se llevó a dos grandes figuras de la traducción: Marina Orellana, orgullo de la traducción nacional, autora del muy práctico glosario internacional para el traductor y miembro honorario (¿u honoraria? ella habría sabido responder) del colegio de traductores de Santiago.
El otro deceso fue Eugene Nida, famoso teórico de la traducción y creador de la idea de “equivalencia dinámica”, según la cual una traducción debe surtir el mismo efecto en su lector que el texto original en el lector original. Aunque no queda muy claro cómo podría medirse este efecto, ya que muchas veces se trata sólo de procesos mentales no conmensurables (a menos que se trate de instrucciones, como cierre la ventana o salte en un pie), el concepto influyó enormemente  en el desarrollo de la traductología moderna.

Ninguno de los dos pasó agosto, pero ambos murieron de más de 90 años, dejando un importante legado que ha ayudado e influido a las nuevas generaciones de traductores, aunque muchos ni siquiera estén conscientes de ello.   Como ninguno de los decesos recibió su cobertura merecida en la prensa, esta entrada está dedicada a ellos. Ni que fuera suficiente, pero igual.

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